
Rubi, mi arlequina | 70cm x 60cm
“Añorando esa arlequina que fui y soy.” | Serie payasos y arlequines
Rubi, mi arlequina nace de una identificación íntima. Ella es arlequina porque también hay en mí algo de payasa: una forma sensible de habitar el mundo donde emoción, juego y vulnerabilidad conviven. La figura está profundamente basada en mi propia presencia —en la postura, en la mano, en la manera de sostener el gesto— como si la pintura se volviera un espejo poético más que un retrato literal.
Mi vida en Bérgamo, ciudad donde el arlequín tiene su origen simbólico, atraviesa silenciosamente la obra. Desde ese territorio cargado de memoria cultural, la figura femenina se apropia de un arquetipo históricamente masculino y lo transforma en experiencia personal. Así, la arlequina no es invención caprichosa, sino afirmación interior.
Su nombre, Rubi, surge de la canción de Kenny Rogers que sonaba en el taller mientras pintaba. Esa música acompaña la atmósfera emocional de la obra y queda resonando en la imagen, como si color, memoria y sonido compartieran un mismo pulso.
El óleo sobre lienzo despliega rojos encendidos, naranjas vibrantes y una luna creciente que acompaña la escena como signo de tránsito y revelación. Más que un personaje, Rubi, mi arlequina es un estado del ser: la posibilidad de abrazar la propia sensibilidad y convertirla en lenguaje visible.
Pinté a Rubi como quien se mira en un espejo sensible.
Hay en ella algo mío: la postura, la mano y esa forma de ser un poco payasa frente al mundo.
La obra nació bajo la influencia de mi vida en Bérgamo, mientras la canción de Kenny Rogers sonaba en mi taller de Belgrano.
Desde entonces, Rubi es mi manera de habitar la emoción y volverla color.
Su valor es de usd500
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